La última vez que utilicé el parking aeropuerto Santiago todavía la tengo bastante fresca en la memoria, quizá porque coincidió con uno de esos viajes en los que todo va con el tiempo justo y cualquier detalle se vuelve importante. Salí de casa de madrugada, con la ciudad aún medio dormida y ese silencio extraño que solo existe antes de que empiece el día. Conducir hasta el aeropuerto a esas horas siempre me genera una mezcla de calma y nerviosismo: calma por las carreteras casi vacías y nervios por no olvidar nada.
Al llegar al aeropuerto de Santiago, lo primero que agradecí fue la buena señalización del parking. A esas horas, cuando el café todavía no ha hecho efecto, encontrar rápido la entrada es un alivio. Entré, recogí el ticket y busqué una plaza sin demasiada dificultad, algo que no siempre ocurre dependiendo de la temporada. Aparcar el coche y apagar el motor fue el primer momento en el que sentí que el viaje ya había empezado de verdad.
Mientras sacaba la maleta del maletero, pensé en lo práctico que resulta tener el parking tan cerca de la terminal. No tener que depender de nadie ni de horarios de transporte público me dio una sensación de independencia que valoro cada vez más cuando viajo. Cerré el coche, comprobé dos veces que llevaba la documentación y empecé a caminar hacia la terminal, arrastrando la maleta por el suelo aún húmedo de la mañana.
Dentro del aeropuerto, el ambiente era tranquilo pero constante. Viajeros con caras de sueño, algún grupo charlando en voz baja y el sonido inconfundible de las ruedas de las maletas. Desde el parking hasta facturación tardé apenas unos minutos, lo justo para ordenar mentalmente el viaje y dejar atrás las preocupaciones del día a día. Saber que el coche estaba bien aparcado y relativamente cerca me quitó un peso de encima.
Durante el viaje, en más de una ocasión pensé en la vuelta. En lo cómodo que sería aterrizar, recoger el equipaje y dirigirme directamente al parking sin más complicaciones. Y así fue. Al regresar a Santiago, cansado pero contento, seguir las indicaciones hasta el parking resultó sencillo. Encontrar el coche exactamente donde lo había dejado me dio una sensación extraña de continuidad, como si el viaje hubiera sido una pausa breve y no varios días fuera.
Al salir del parking, ya de noche, pagué el ticket y me reincorporé a la carretera con esa mezcla de cansancio y satisfacción que solo se tiene al volver a casa. Aquella última vez que utilicé el parking del aeropuerto de Santiago no fue especialmente extraordinaria, pero sí cómoda, práctica y sin sobresaltos. Y a veces, cuando se trata de viajar, eso es justo lo que uno más agradece.