Es innegable que la paleta de colores de una Primera Comunión está cargada de tradición y simbolismo. Los colores no se limitan a cumplir una función ornamental, sino que ayudan a transmitir gracia, pureza y otros valores cristianos. Por ello, la elección de un blanco marfil o un azul marino en la ropa de comunión para niñas y niños nunca es casual.
Las primeras comuniones hunden sus raíces en la Edad Media. La riqueza cromática que caracteriza a este sacramento cristiano en la actualidad brillaba entonces por su ausencia. De hecho, los pequeños comulgantes lucían su indumentaria de diario, tan sencilla como sobria.
La aparición de los trajes de marinero y los vestidos de corte princesa tuvo lugar en el siglo diecinueve. Ya entonces era el blanco el color dominante, tanto en la ropa como en la decoración. Hoy continúa siendo el tono más utilizado en prendas y complementos relacionados. Atendiendo a la simbología religiosa, este color sirve para reforzar la inocencia y la limpieza del alma de los comulgantes.
Además del blanco roto o marfil, se estilan colores cercanos como el beige y el crema, idóneos para indumentarias que apuesten por la sencillez y la naturalidad. En adornos y detalles (galones, cordones, etcétera), en cambio, el dorado es bienvenido porque representa la glorificación y la divinidad.
Aunque no sean una novedad, los colores pastel han cobrado protagonismo en las últimas décadas. Tradicionalmente, el rosa tiza, el azul pastel y otros tonos similares se destinaban a los lazos y otros adornos discretos. Pero en las comuniones actuales, están más presentes en los vestidos, siendo el color central de determinados estilos (por ejemplo, los trajes de almirante).
En este sentido, los invitados disfrutan de una mayor libertad de elección. Tonos como el verde agua, el amarillo suave, el rosa palo o el buganvilla no son colores inusuales en el vestuario de los asistentes a una Primera Comunión.