Un peregrinaje diferente

Nunca pensé que mi particular Camino de Santiago fuera a ser por un motivo tan prosaico, y a la vez tan temido: ponerme unos implantes en Santiago de Compostela. La mañana amaneció gris en Vigo, con esa bruma espesa que parece querer abrazar la ría y que invita a quedarse en casa. Mientras tomaba un café rápido, intentaba no pensar demasiado en los tornillos de titanio y las incisiones que me esperaban. Para calmar los nervios antes de salir, me subí al coche y enfilé la AP-9 hacia el norte.

El trayecto por la autopista es un viejo conocido, pero ese día se me antojaba distinto. Acostumbrado a pasarme los días frente al ordenador, estructurando webs, automatizando tareas y lidiando con el constante flujo del mundo digital, tener que hacer una pausa obligatoria para someter mi cuerpo a una intervención médica suponía un choque de realidad bastante brusco. Para silenciar la ansiedad, conecté el equipo de sonido del coche y dejé que una sesión de techno puro y envolvente llenara el habitáculo. El ritmo constante, las texturas electrónicas y los bajos profundos —esos mismos que tantas veces he analizado al milímetro cuando practico con mi controladora— funcionaron como un mantra perfecto. A medida que el paisaje verde de Galicia pasaba a toda velocidad, mis pulsaciones empezaron a sincronizarse con los BPM, disipando poco a poco la tensión.

Al llegar a Santiago de Compostela, la ciudad me recibió con su aura habitual de piedra mojada y solemnidad. Aparqué cerca del Ensanche, a una distancia prudencial del bullicio de los peregrinos que, mochila al hombro, se dirigían hacia la Plaza del Obradoiro para culminar su viaje. Resultaba paradójico encontrarme en una ciudad que rezuma tanta historia y espiritualidad, buscando algo tan terrenal y tecnológicamente aséptico como una reconstrucción maxilofacial. Mientras caminaba hacia la clínica, el característico olor a lluvia fresca sobre el granito casi lograba distraerme del inminente encuentro con el bisturí.

La sala de espera era un remanso de blancura impoluta, un contraste brutal con las oscuras callejuelas medievales que acababa de dejar atrás. El cirujano, con esa tranquilidad clínica que tanto se agradece cuando uno está al borde del pánico, me explicó el proceso por enésima vez. Cuando me senté en el sillón y ajustaron la intensa luz sobre mi rostro, simplemente cerré los ojos y me dejé llevar. Resultó ser un proceso mucho más rápido y menos traumático de lo que mi mente había maquinado durante semanas. Un par de molestias sordas, el zumbido constante de las herramientas, y antes de darme cuenta, ya tenía las bases de mis nuevos dientes firmemente ancladas en el hueso.

Salí de la clínica un par de horas después con la boca anestesiada, un poco hinchado, pero con una inmensa y extraña sensación de triunfo. El peor trago ya era historia. Mientras caminaba de vuelta al coche, con el cielo compostelano empezando tímidamente a despejarse, me di cuenta de que, a su manera, también yo había completado una pequeña penitencia. Emprendí el regreso a casa por la autopista con la música a un volumen mucho más relajado, sabiendo que en unos meses, cuando las coronas definitivas estuvieran listas, podría volver a sonreír y a morder la vida con la misma fuerza de siempre.